La fascinante y trágica historia de la guerra fratricida que sumió al cantón de Poás en años de violencia, miedo, exilio y desgracia —un capítulo oscuro que un velo de leyenda nunca ha terminado de descorrer.
Hubo una conjunción de muchos factores que podría explicar lo ocurrido: divergencias políticas y religiosas, ansias de poder, caudillismo, negocios frustrados, intrigas, injurias y calumnias, defensa del honor, delitos y crímenes, ignorancia e inconsciencia.
Lo que sigue es un relato basado en los testimonios de don Eliécer Murillo Esquivel —quien fue muy reservado y trata de justificar las acciones por el alcoholismo y la ira— complementado con la interpretación del historiador Percy Rodríguez Argüello y algunos detalles adicionales. Las verdaderas razones siguen sin estar del todo claras, y un velo de leyenda cubre a la época.
Al inicio de la década de los veinte, Alberto "Chele" Murillo era el dueño de la planta hidroeléctrica del cantón y vivía en "El Bajo". Su finca era un legítimo feudo y sus empleados le eran totalmente fieles. Pero las divergencias políticas con el cura español Venancio Oña —quien utilizaba el púlpito para atacar a sus adversarios políticos— alejaron a Alberto Chele de "El Alto" y sus vecinos.
En una ocasión, el Padre Oña mató a su amada cabra para agasajar con un festín a Alberto Echandi —candidato presidencial en 1923— y el hecho fue ridiculizado en caricaturas de los periódicos de la época. El Padre Oña no era amigo ni de Alberto Chele ni de su gente, entre ellos el abogado apoderado de la municipalidad de Poás.
"Estando dicho abogado en Poás, le robaron su caballo y lo encerraron en los predios del Padre Oña. Al día siguiente, amaneció trasquilada la bestia… pero no la del abogado, sino la del padre Oña."— Relato de don Eliécer Murillo Esquivel
El Padre maldijo: "La mano culpable de este atropello habrá de caer." En los días posteriores, en un accidente en un trapiche, se le trituró la mano a Chepe Chaves, quien había sido peón de Alberto Chele. Este hecho sirvió para alimentar la imaginación y las habladurías de los poaseños.
El día de las elecciones de 1923, entre el licor y la emoción, Ricardo Conejo —sobrino de Alberto Chele— disparó contra la casa cural desde un caballo. El Padre Oña abandonó inmediatamente y para siempre a Poás, luego de maldecirlo.
De la promesa rota al último disparo —seis años que partieron en dos la historia del cantón.
Poás se vio envuelto en una época sombría, de terror, caos y desprestigio, sobre todo para San Pedro. La polarización del pueblo en dos bandos —"El Bajo" y "El Alto"— no fue solo un conflicto entre familias: fue un enfrentamiento de proyectos políticos, económicos y personales que involucró a casi toda la comunidad.
La tensión fue tan grande que la comandancia de Alajuela tuvo que reforzar la policía poaseña. Se volvieron comunes los pleitos en cantinas que terminaban con balazos por el menor motivo. El toque de queda era una realidad cotidiana que aterrorizaba a la población.
Décadas después, testigos como don Eliécer Murillo Esquivel —muy reservado en sus relatos— y el historiador Percy Rodríguez intentaron reconstruir los hechos. Pero la memoria es selectiva, y lo que queda de esta historia es una mezcla de hechos verificables, testimonios parciales y leyendas que el tiempo ha ido confundiendo.
Lo que sí es claro es que Poás, como tantos pueblos costarricenses de la época, no estuvo exento de las pasiones humanas más intensas: el honor, la venganza, el poder y la muerte. Y que de esa oscuridad emergió, con los años, el cantón próspero, hospitalario y natural que conocemos hoy.
Este artículo fue elaborado a partir de los relatos orales de don Eliécer Murillo Esquivel, testigo directo de la época, y complementado con la investigación histórica del cronista Percy Rodríguez Argüello.
Documento base: «Guerra civil poaseña: 1925–1931» · Estudio Municipal del Cantón de Poás.
Transcripción y adaptación web: Poás Agua y Fuego · 2026
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